Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai A modo de ejemplo de cómo la cosa más simple puede convertirse en un arte y llegar a considerarse cultura espiritual, tomaré el ejemplo del Cha-no-yu, la ceremonia del té. ¿Tomar té es un arte? ¿Y por qué no? En el niño que hace dibujos sobre la arena, o en el aborigen que graba una roca, quizá hubiera indicios de un futuro Rafael[150] o un Miguel Ángel[151]. ¿Por qué el consumo de una bebida, que se inició con la contemplación trascendental de un anacoreta[152] hindú, no puede estar llamado a convertirse en algo al servicio de la religión y la moralidad? Esa calma mental, esa serenidad, ese aplomo y quietud, que constituyen la esencia del Cha-no-yu, son, sin duda, los primeros requisitos para pensar y sentirse correctamente. La escrupulosa limpieza de la pequeña sala, apartada de la vista y el alboroto del mundanal ruido, es en sí propicia para que nuestros pensamientos se evadan del mundo. El desnudo interior no distrae nuestra atención, como ocurre con los numerosos cuadros y baratijas de un salón occidental; la presencia del kakémono[153] dirige nuestra atención principalmente sobre la gracia de su diseño que sobre la belleza de los colores. El objetivo que se busca es el máximo refinamiento del gusto; mientras que todo lo aparatoso se excluye con espanto. El hecho de que lo inventara un solitario contemplativo[154], en una época en la cual las guerras y los rumores sobre guerras eran constantes, demuestra que esta institución era más que un pasatiempo. Antes de entrar en las dependencias del salón del té, la compañía reunida para participar de la ceremonia deja a un lado, junto con sus espadas, la ferocidad del campo de batalla o los asuntos del gobierno, para hallar la paz y la amistad.