Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai Cha-no-yu es más que una ceremonia, es un arte[155]; su poesía, con gestos elocuentes para la cadencia: es un modus operandi para la disciplina del alma. Su mayor valor reside en esta última fase. Con frecuencia, las demás fases preponderaban en la mente de sus incondicionales. Pero eso no demuestra que su esencia no encerrara una naturaleza espiritual. La cortesía será un gran aprendizaje, aunque todo lo que haga sea conferir elegancia a los modales; pero su función no termina aquí. Para el decoro, surgiendo como lo hace de motivos relacionados con la benevolencia y la modestia, y propiciado por sentimientos de ternura hacia las sensibilidades de los demás, siempre es una manifestación grácil de comprensión. Su requisito es que deberíamos llorar con los que lloran, y regocijarnos con los que se regocijan. Este requisito tan didáctico, cuando se reduce a los pequeños detalles cotidianos, se manifiesta en modestos actos apenas perceptibles o que si se perciben, como una vez me dijo una misionera que llevaba veinte años viviendo en Japón, son «tremendamente graciosos». Hace mucho calor y estoy al aire libre, a pleno sol, sin sombra; pasa por ahí un conocido japonés; me acerco, y al instante se quita el sombrero, bueno, esto es totalmente normal, pero el comportamiento «tremendamente gracioso» es que durante todo el rato que esa persona está hablando conmigo, su sombrilla está bajada, y él también está de pie a pleno sol. ¡Qué insensatez! Sí, exactamente así, pero la razón de esta situación va más allá: «Estás a pleno sol; me solidarizo contigo; de buena gana compartiría mi sombrilla si fuera lo bastante grande, o si nos tuviéramos mucha confianza; como no puedo proporcionarte sombra, compartiré tus molestias». Pequeños actos como este, igual de graciosos o más, no son meros gestos o convencionalismos. Son la «conformación sucesiva»[156] de sentimientos atentos respecto al bienestar de los demás.