Bushido, el código samurai

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De todas las grandes ocupaciones de la vida, ninguna se alejaba más de la profesión de las armas que el comercio. El comerciante ocupaba la posición más baja respecto a las vocaciones: el caballero, el agricultor, el reparador, el comerciante. El samurái obtuvo ingresos por sus tierras e incluso pudo, si así lo deseaba, distraerse con su afición por la agricultura; pero el mostrador y el ábaco resultaban detestables. La conveniencia de esta organización social es ya conocida. Montesquieu ha dejado claro que excluir la nobleza de las ocupaciones mercantiles era una política social admirable, dado que impedía que la riqueza se acumulara en manos de los poderosos[170]. La separación de poder y riqueza mantiene la distribución de este último de un modo más equitativo. El profesor Dill[171], autor de Roman Society in the Last Century of the Western Empire, nos ha refrescado la memoria al hablar de que una de las causas de la decadencia del Imperio romano fue el permiso concedido a la nobleza para dedicarse al comercio, y el monopolio de riqueza y poder resultante, ejercido por una minoría de familias de senadores.






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