Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai Debe admitirse que muy pocos alcanzaron esa sublime cúspide de magnanimidad, paciencia y clemencia. Fue una verdadera lástima que no se expresara nada claro y de manera general en cuanto a en qué consiste el honor, y que solo unas pocas mentes ilustradas fueran conscientes de que «no sale de ninguna condición»[199], sino que reside en todo ser que desempeñe bien su papel; porque nada era más fácil para los jóvenes que olvidar, en el calor de la acción, lo que habían aprendido de Mencio en sus momentos más tranquilos. Decía este sabio: «En la mente de todo hombre está el amor al honor, pero pocos sueñan que lo que es realmente honorable se halla en su interior, y no en otra parte. El honor concedido por el hombre no es un buen honor. Aquellos a quienes Châo el Grande ennobleció, después pueden ser envilecidos de nuevo»[200]. Por regla general, un insulto ofendía con rapidez, y se pagaba con la muerte, como veremos más tarde, mientras que el honor —muy a menudo nada más elevado que vanagloria[201] o elogio mundano— se estimaba como el summum bonum[202] de la existencia terrenal. La notoriedad, y no la riqueza o el conocimiento, era la meta a la que debían aspirar los jóvenes. Muchos muchachos se juraban a sí mismos al cruzar el umbral de su hogar paterno que no volverían a cruzarlo hasta que se hubieran hecho un nombre; y muchas madres ambiciosas se negaban a volver a ver a sus hijos a menos que pudieran «regresar a su hogar», como reza la expresión, «ornamentado con brocados». Para evitar la vergüenza o hacerse un nombre, los chicos samuráis se sometían a todo tipo de privaciones y pasaban por auténticos calvarios, con un enorme sufrimiento físico o mental. Sabían que el honor logrado en la juventud se acrecentaría con la edad. En el histórico asedio de Osaka[203], un hijo pequeño de Iyéyasu, a pesar de sus vehementes súplicas para que le pusieran en primera línea, fue destinado en la retaguardia. Cuando el castillo cayó, estaba tan apenado y lloraba tan amargamente, que un viejo consejero[204] intentó consolarlo con todos los recursos de que disponía: «Reconfórtate, Sire —dijo—, al pensar en el largo futuro que te espera. En los muchos años que vivas habrá diversas ocasiones para que destaques». El chico le miró fijamente con indignación y dijo: «¡Qué necias palabras! ¿Acaso volverán mis catorce años?». La propia vida tenía poco valor si se consideraba que con ella se podían lograr honor y notoriedad: por consiguiente, cuando se presentaba una causa que se consideraba más preciosa que la propia vida, los samuráis entregaban la suya con suma serenidad y celeridad.