Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai A pesar de la crítica de Hegel[206], según la cual la fidelidad de los vasallos feudales es una obligación para con un individuo y no para con una comunidad, es un vínculo establecido sobre principios totalmente injustos. Un gran compatriota suyo se jactaba de que la lealtad personal era una virtud alemana. Bismarck tenía buenos motivos para hacerlo, no porque la Treue[207] de la que alardeaba fuera un monopolio de su patria o de cualquier nación o pueblo en particular, sino porque este fruto predilecto de la caballería persiste durante más tiempo entre los pueblos en los que el feudalismo ha durado más. En Estados Unidos, donde «cualquier persona es tan buena como cualquier otra», y, como añadió el irlandés[208], «también mejor», estas elevadas ideas de lealtad, como las que sentimos por nuestro soberano, podrían considerarse «excelentes dentro de ciertos límites»[209], pero disparatadas tal como se propugnan entre nosotros. Montesquieu[210] se quejaba hace mucho tiempo de que lo que era bueno a un lado de los Pirineos[211] no lo era en el otro lado, y el reciente caso Dreyfus ha demostrado la verdad de esta consideración, solo que los Pirineos no eran la única frontera más allá de la cual la justicia francesa no encontraba conformidad[212]. De igual modo, la lealtad tal como la concebimos nosotros, quizá encuentre pocos admiradores en otros lugares, no porque nuestra idea sea errónea, sino porque está, me temo, olvidada, y también porque lo llevamos a un grado no alcanzado en ningún otro país. Griffis[213] tenía mucha razón al afirmar que mientras que en China la ética confuciana consideraba la obediencia a los padres el deber humano más fundamental, en Japón, la prioridad se otorgaba a la lealtad. A riesgo de escandalizar a algunos de mis buenos lectores, voy a relatar la historia de alguien «que pudo soportar seguir a su señor caído» y que, por ello, como asegura Shakespeare, «mereció un lugar en la historia»[214].