Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai La subordinación política, predice Spencer, dará lugar a la lealtad, a los dictados de la conciencia. Supongamos que su inducción se concreta; ¿la lealtad y su concomitante instinto de reverencia desaparecerán para siempre? Transferimos nuestra obediencia de un señor a otro, sin ser desleales a ninguno: al ser súbditos de un soberano que empuña el cetro temporal, nos convertimos en siervos del monarca que se sienta entronizado en lo más recóndito de nuestros corazones. Hace unos años, una controversia muy absurda, iniciada por discípulos de Spencer equivocados, causaron estragos entre la clase ilustrada de Japón. En su afán por defender la pretensión al trono para una lealtad indivisible, acusaron a los cristianos de ser propensos a la traición en el sentido de que reconocían la fidelidad a su Señor y Maestro[225]. Formularon argumentos sofísticos sin el ingenio de los sofistas[226] y tortuosidades escolásticas sin la sutileza de los escolásticos. No sabían que, en cierto sentido, podemos «servir a dos señores sin aferrarse a uno o menospreciar al otro»[227], «dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»[228]. Acaso el propio Sócrates, negándose impertérrito a conceder ni una pizca de lealtad a su daemon[229], ¿no obedeció con igual fidelidad y ecuanimidad el mandamiento de su señor terrenal, el Estado? Vivo, siguió su conciencia; muriendo, sirvió a su país. ¡Ay del día en que un Estado llegue a ser tan poderoso que exija a sus ciudadanos los dictados de su conciencia!