Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai El comportamiento sereno, la entereza, no deben verse perturbados por ninguna clase de pasión. Recuerdo cuando, durante la última guerra con China, un batallón se fue de cierta ciudad, un gran número de personas acudió a la estación a despedir al general y a su ejército[251]. En esta ocasión, un residente estadounidense se sumó al acontecimiento, esperando ver sonoras demostraciones, dado que todo el país estaba muy exaltado y entre la multitud había padres, madres, viudas y novias de los soldados. El estadounidense se sintió extrañamente decepcionado[252], porque cuando sonó el silbato y el tren empezó a moverse, miles de personas se quitaron los sombreros silenciosamente e inclinaron las cabezas en una despedida reverencial; sin agitar pañuelos, sin pronunciar palabra, solo un profundo silencio en el que únicamente un oído atento podría percibir algunos sollozos quebrados. En el ámbito doméstico, también sé de un padre que pasó noches enteras escuchando la respiración de un niño enfermo, de pie detrás de la puerta, ¡para no ser descubierto en un acto de semejante debilidad parental[253]! Sé de una madre que, en sus últimos momentos, renunció a mandar avisar a su hijo por no interrumpir sus estudios[254]. Nuestra historia y nuestra vida cotidiana están repletas de ejemplos de matronas heroicas comparables a las de algunas de las páginas más conmovedoras de Plutarco[255]. Entre nuestras campesinas, un Ian Maclaren seguro que encontraría muchas Marget Howe[256].