Bushido, el código samurai

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Para comenzar con el suicidio, dejadme decir que limitaré mis observaciones al seppuku o kappuku, conocido popularmente como hara-kiri, que significa autoinmolación por destripamiento. «¿Abrirse el abdomen? ¡Qué absurdo!», exclaman aquellos que no han oído hablar de ello. Por muy absurdo que pueda sonar al principio a oídos extranjeros, no puede serlo tanto para estudiosos de Shakespeare, que puso estas palabras en boca de Bruto: «Tu espíritu [de César] anda por el exterior y dirige nuestras espadas contra nuestras propias entrañas»[270]. Escuchemos a un poeta inglés moderno que, en su Light of Asia, habla de una espada que atraviesa las entrañas de una reina; nadie le acusa de tener un mal inglés o de falta de recato[271]. O, mostrando otros ejemplos, contemplemos el cuadro de Guercino sobre la muerte de Cato[272] en el Palazzo Rossa[273], en Génova. Nadie que haya leído el canto del cisne que Addison[274] hace cantar a Catón se burlará de la espada medio hundida en su abdomen. En nuestra mentalidad, esta clase de muerte se asocia con ejemplos de las gestas más nobles y del dramatismo más conmovedor, así que no hay nada repugnante, y mucho menos ridículo, que empañe nuestro concepto del suicidio. El poder transformador de la virtud, de la grandeza, de la sensibilidad es tan maravilloso, que el tipo de muerte más infame adopta un carácter sublime y se convierte en un símbolo de nueva vida, o ¡el símbolo que Constantino consideró que no conquistaría el mundo[275]!


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