Cantar de mío Cid

Cantar de mío Cid

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Nadie hospeda al Cid.

Sólo una niña le dirige la palabra para mandarle alejarse.

El Cid se ve obligado a acampar fuera de la población, en la glera.

 

De grado le albergarían, pero ninguno lo osaba, que a Ruy Díaz de Vivar le tiene el rey mucha saña.

La noche pasada a Burgos llevaron una real carta con severas prevenciones y fuertemente sellada mandando que a Mío Cid nadie le diese posada, que si alguno se la da sepa lo que le esperaba: sus haberes perdería, más los ojos de la cara, y además se perdería salvación de cuerpo y alma.

Gran dolor tienen en Burgos todas las gentes cristianas de Mío Cid se escondían: no pueden decirle nada.

Se dirige Mío Cid adonde siempre paraba;

cuando a la puerta llegó se la encuentra bien cerrada.

Por miedo del rey Alfonso acordaron los de casa que como el Cid no la rompa no se la abrirán por nada.

La gente de Mío Cid a grandes voces llamaba,

los de dentro no querían contestar una palabra.

Mío Cid picó el caballo, a la puerta se acercaba, el pie sacó del estribo, y con él gran golpe daba, pero no se abrió la puerta, que estaba muy bien cerrada.

La niña de nueve años muy cerca del Cid se para:


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