Cantar de mío Cid

Cantar de mío Cid

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“Campeador que en bendita hora ceñiste la espada, el rey lo ha vedado, anoche a Burgos llegó su carta, con severas prevenciones y fuertemente sellada.

No nos atrevemos, Cid, a darte asilo por nada, porque si no perderíamos los haberes y las casas, perderíamos también los ojos de nuestras caras.

Cid, en el mal de nosotros vos no vais ganando nada.

Seguid y que os proteja Dios con sus virtudes santas.”

Esto le dijo la niña y se volvió hacia su casa.

Bien claro ha visto Ruy Díaz que del rey no espere gracia.

De allí se aparta, por Burgos a buen paso atravesaba, a Santa María llega, del caballo descabalga, las rodillas hinca en tierra y de corazón rogaba.

Cuando acabó su oración el Cid otra vez cabalga, de las murallas salió, el río Arlanzón cruzaba.

Junto a Burgos, esa villa, en el arenal posaba, las tiendas mandó plantar y del caballo se baja.

Mío Cid el de Vivar que en buen hora ciñó espada en un arenal posó, que nadie le abre su casa.

Pero en torno suyo hay guerreros que le acompañan.

Así acampó Mío Cid cual si anduviera en montaña.

Prohibido tiene el rey que en Burgos le vendan nada de todas aquellas cosas que le sirvan de vianda.

No se atreven a venderle ni la ración más menguada.


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