Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Cuando hubo realizado todo lo que se había propuesto, fue a buscar al anciano al templo de Lao Tse. El anciano estaba a la sombra de los grosellos Ievitando. Se fue con él a la cima cubierta de nubes de la sagrada montaña del Oeste. Habían andado cuarenta millas en la montaña cuando vio una casa, limpia y bonita. Estaba rodeada por nubes multicolores, y los pavos reales y las grullas revoloteaban a su alrededor. En la casa había un horno de hierbas de una altura de nueve pies. El fuego ardía formando llamas de color púrpura y su resplandor se reflejaba en los muros. Había nueve hadas junto al horno; un dragón verde y un tigre blanco estaban echados, flanco contra flanco. Cayó la noche. El anciano ya no estaba vestido como un hombre corriente, sino que llevaba una gorra amarilla y amplios ropajes blancos. Cogió tres bolas blancas de piedra, las echó en una copa de vino y se la dio a Du Dsi Tschun a beber. Extendió una piel de tigre en la habitación interior junto a la pared del oeste y le hizo sentarse con el rostro vuelto hacia el este. Entonces le dijo: «¡Ahora, cuídate bien de decir una sola palabra! Lo que quiera que se te aparezca, ya sean dioses poderosos u horribles demonios, animales salvajes u ogros, todos los sufrimientos del infierno, aunque veas a tus parientes sufrir pena y dolor: todo eso son espejismos. No debes temer. No pueden hacerte daño alguno. ¡Piensa sólo en lo que te he dicho y mantén tu espíritu tranquilo!». El anciano desapareció después de haber pronunciado estas palabras.