Cuentos Chinos

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Un sabio llamado Hu Di oyó posteriormente contar la historia. Rechinó los dientes, lleno de rabia. Un día en que estaba bebido entró en el templo del príncipe de los infiernos Yán Lo (Yama). En el muro vio cuatro versos, que mencionaban el asunto que había oído contar:

El claro cielo todo lo sabe,

a él nada se le puede ocultar.

El bien y el mal con justicia devolverá,

por mucho que haya de esperar.

Hu Di había brindado por el futuro del señor Yüo Fe, por eso pidió un pincel al sacerdote y cambió algunas palabras.

El claro cielo tan lejano está,

el bien muere, reina el mal.

Si realmente todo se ha de retribuir.

¿cómo puede la fidelidad sucumbir?

Luego señaló la imagen del dios en el templo y empezó a censurarle: «¡Retrato ciego y mudo de madera y barro!, sin razón te llaman los hombres señor del mundo inferior. Las ofrendas que se te traen no sirven para nada. ¡Te voy a golpear con una de tus sillas!».

Mientras así hablaba, empezó a darle puntapiés a la imagen y al sacerdote le costó mucho trabajo hacer que se estuviera quieto. Pero como estaba rabiosísimo, se le subió el vino a la cabeza, cayó al suelo y allí permaneció sin volver en sí.


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