Cuentos Chinos
Cuentos Chinos ÉRASE un vez un sabio que se había apartado del mundo para estudiar las ciencias ocultas. Vivía él solo en su retiro. Alrededor de su casucha había plantado numerosas plantas, bambúes y otros árboles. La casa quedaba escondida por la tupida vegetación.
Sólo tenía un muchacho como esclavo. Vivía en una cabaña, para ocuparse de sus necesidades. Si no le llamaba, no podía entrar en la casa. El sabio amaba las plantas como a su propia vida. Nunca ponía un pie más allá de los límites de su jardín.
Una hermosa noche de primavera en que las flores y los árboles despedían todo su perfume, en la que soplaba una fresca brisa y la luna brillaba clara, él estaba sentado bebiendo una copa de vino y se alegraba de la vida.
De repente, vio en el reflejo de la luna una muchacha vestida de oscuro que corría con pasitos muy cortos. Le hizo una profunda reverencia, le saludó y le dijo: «Soy tu vecina. Hay aquí un grupo de muchachas que van de camino a visitar a las dieciocho tías. Les gustaría descansar un poco en este patio y me ruegan que os pida permiso».
El sabio se dio cuenta de que se trataba de algo fuera de lo común, por eso accedió amablemente. La muchacha le dio las gracias y se marchó.