Cuentos Chinos

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Al quinto día del sexto mes, estaba hablando con justicia en el ayuntamiento que ocupaba y se sintió de repente cansado y soñoliento. Se quitó el sombrero y se reclinó sobre el cojín. Apenas había cerrado los ojos, cuando vio a un guerrero con casco y armadura, que llevaba una alabarda en la mano y que estaba junto al bordillo del peldaño de la entrada de la sala anunciando: «Hay ahí afuera una dama que desearía entrar». Dschou Bau le preguntó: «¿Y tú, quién eres?». La respuesta fue: «Soy vuestro centinela de la torre. En el inseguro mundo desempeñé ese puesto durante muchos años». Mientras tanto, subían las escaleras dos cazadores, que se arrodillaron ante él y le dijeron: «Nuestra señora ha venido a visitaros». Dschou Bau se incorporó. Vio unas nubes maravillosas, de las que destilaba fina lluvia y se esparcía un olor desconocido que le embrujaba. Vio al instante a una mujer vestida con un sencillo traje, pero de una belleza inconmensurable, que descendía de las alturas, seguida de muchas esclavas. Todas ellas eran de gran pureza e iban bien enjoyadas. Servían a la mujer como si se tratara de una princesa. Cuando entraron en la sala, ella alzó los brazos a modo de saludo. Dschou Bau se acercó a ella y la invitó a que tomara asiento. Por todas partes surgían nubes multicolores y un aire de tono purpúreo llenaba el patio. Dschou Bau hizo que trajeran vino y comida y la agasajó lo mejor que pudo. Pero la diosa estaba inmóvil, con los ojos muy abiertos y las pupilas fijas, y parecía muy triste. Luego se alzó, se puso ante él y le dijo enrojeciendo: «Hace muchos años que vivo aquí en los alrededores. La desgracia que me ha sucedido me ha quitado el temor a traspasar los límites de la insolencia y me da el valor para presentaros una petición. Aunque no sé si querréis prestarme auxilio».


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