Cuentos Chinos

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Cuando volvieron de la ciudad, el medianero empezó a llorar amargamente. Pronunció sus propios apellidos y una extraña voz habló, procedente de su cuerpo: «Yo soy tu padre. Tuve una muerte abominable. Hoy se me ha concedido que vuelva a casa de visita». Luego llamó a la madre del bromista y, cuando vino, la tomó por las manos y lloró amargamente hablándole de cosas que habían ocurrido en el pasado, cuando vivían juntos. Luego añadió: «¡Tengo mucha hambre! Prepárame enseguida vino y comida, pero que sea un pollo».

La madre del medianero creyó que era realmente el espíritu de su marido porque hablaron de cosas que nadie más sabía. Así que se echó a llorar también ella, muy conmovida. Pero a la mujer del medianero no le parecía un asunto muy claro y como además quería comer pollo, supuso que quizá podría estar endemoniado por un zorro.

Por eso empezó al momento a lamentarse declarando: «No tenemos vino en casa y las gallinas están empollando los huevos. Voy a prepararte un guiso de sémola. Tú eres un espíritu, querido suegro, y tienes el deber de no hacernos gastar innecesariamente».



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