Cuentos Chinos

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El conde le pidió que le contara todo lo que había ocurrido y ella empezó a decírselo: «Aparecí a la hora en que doblan los tambores y encontré a Webo tres horas antes de la medianoche. Cuando pasaba por la puerta de entrada, vi a los guardianes de los escudos, que dormían en el lugar de la guardia. Sus ronquidos resonaban como truenos. Los centinelas del campamento se paseaban de arriba abajo y yo entré en el dormitorio atravesando la puerta de la izquierda. Allí estaba echado vuestro pariente con los cortinajes a la espalda, durmiendo como un bendito. Junto a su almohada había una rica espada; y al lado, una cajita de oro abierta. En la cajita había algunas notas. En un papel estaba escrito su edad y el día de su cumpleaños. En la otra el nombre del dios del gran oso. Dentro había varillas de incienso y perlas. Las velas de la habitación daban una luz débil y el incienso de la copa se estaba terminando justo entonces. Las sirvientas estaban echadas a su alrededor sin temer nada y dormían. Les pude quitar los tocados y levantarles las vestiduras sin que se despertaran. La vida de vuestro familiar estaba en mis manos; pero no quise llevar la carga de haberlo matado. Por eso cogí la cajita de oro y me volví. El reloj de agua mostraba la tercera hora cuando llegué. Ahora tenéis que hacer ensillar a toda prisa un caballo y enviar a un hombre a Webo, para que le lleve la cajita de oro. Entonces el señor de Webo entrará en razones y dejará de lado sus planes de conquista».


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