Cuentos Chinos

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A la mañana siguiente, el padre estaba muy enfadado con sus hijas y Ies dijo: «¿Quién viene conmigo a casa de la abuela?». En realidad quería llevar a sus hijas a las montañas y dejarlas allí para que se las comieran los lobos. Las hijas mayores se dieron cuenta de ello y le contestaron: «Nosotras no vamos contigo». Pero las dos más pequeñas le contestaron: «Nosotras vamos contigo», y se marcharon con su padre. Cuando llevaban andado un buen trecho dijeron: «Pero ¿cuándo vamos a llegar a casa de la abuela?». El padre Ies contestó: «Enseguida». Cuando hubieron llegado a las montañas Ies dijo el padre: «¡Esperadme aquí! Yo voy por delante a la aldea a decirle a la abuela que estáis de camino». Y se marchó en el carro tirado por el asno. Ellas se quedaron esperando tiempo y tiempo, y el padre no venía. Al final comprendieron que el padre no iba a ir a recogerlas y que las había dejado abandonadas en la montaña. Se fueron adentrando cada vez más en las profundidades del monte buscando un techo donde refugiarse por la noche. Encontraron una gran roca y buscaron algo que poder enrollar para usar como almohada y ponerlo en el lugar en que iban a echarse a dormir. Entonces se dieron cuenta de que la roca era la entrada que cubría una cueva. Vieron una luz en la caverna y se metieron dentro. El resplandor provenía de las numerosas piedras preciosas y joyas de todo tipo que había allí. La cueva era el hogar de un lobo y de un zorro que tenían numerosas vasijas llenas de piedras preciosas y perlas, que despedían luz por la noche. Ellas se dijeron: «Ésta sí que es una cueva bonita, vamos a irnos a la cama ahora mismo». Ya que allí había dos camas de oro con colchas bordadas con hilos de oro. Así que se tumbaron y se quedaron dormidas. Por la noche llegaron el lobo y el zorro a su casa. El lobo dijo: «Huelo carne humana». Y el zorro le contestó: «¿Qué dices, hombre? Aquí en nuestra cueva no hay hombre que pueda entrar, con lo bien cerrado que está». El lobo le dijo: «Bueno, pues vamos a meternos en la cama a dormir». El zorro le replicó: «Vamos a dormir en los calderos que están cerca de la chimenea, que ahí se está un poco más caliente por el fuego». Un caldero era de oro y el otro de plata. Y allí se acostaron.


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