Cuentos Chinos

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La mujer se enfadó, su rostro se puso verde oscuro, los cabellos le caían enmarañados por la nuca, las venas de los ojos se le abultaban, la lengua le colgaba de la boca, alargó los brazos y quería agarrarle. El soldado golpeó con el puño cerrado y por error se golpeó a sí mismo la nariz, de modo que empezó a sangrar. Le saltaron varias gotas de sangre a ella y, como los espíritus no pueden soportar la sangre humana, se separó de él, se quedó unos pasos por delante y empezó a maldecirle. Estuvo así un buen rato, hasta que el gallo cantó en el pueblo y entonces el fantasma se desvaneció.

Mientras tanto, los campesinos de la aldea le habían estado buscando para darle las gracias. Pues mientras él se había alejado de la mujer que había salvado, había vuelto su marido a casa y le había preguntado a la mujer lo que había ocurrido. En primer lugar se enteró él y luego los vecinos que se habían reunido delante de su casa porque habían oído llorar a su mujer. Así que todos se pusieron a buscar al soldado en las afueras del pueblo. Lo encontraron cuando todavía daba golpes con el puño al aire y hablaba a gritos. Lo llamaron y él contó lo que le había pasado. En su brazo desnudo se podía ver todavía el lazo; pero se le había pegado al brazo y lo rodeaba como si fuera un lazo de carne rojiza.


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