Cuentos Chinos
Cuentos Chinos El bonzo, al oír que fuera todo estaba de nuevo en calma, encendió una luz, abrió la puerta y echó una mirada. Y vio a una mujer con los ojos cerrados agarrada al tronco y a un hombre detrás de ella caído en el suelo suspirando muy fuerte. Le sacudió un brazo y le hizo volver en sí y le contó entonces todo lo que le había ocurrido.
Cuando el día empezaba a despuntar llegó allí también el posadero buscando el cadáver. Contó que los cuatro huéspedes estaban muertos y que él no sabía qué hacer para ayudarles. El bonzo le aconsejó que diera parte al encargado. El funcionario vino y ordenó que se llevaran el cadáver de la mujer. Pero la mujer estaba tan fuertemente abrazada al árbol que no podían soltarlo. Mirándolo de cerca parecía que los dedos de ambas manos estaban profundamente hundidos en la madera. Hubo que recurrir a toda la fuerza para soltarla.
El hombre empezó a llorar y dijo: «Hemos salido cinco y sólo vuelvo yo. ¿Cómo voy a librarme de que piensen que yo he matado a los otros?».
El funcionario envió, al sitio de origen del hombre, un certificado explicando las circunstancias en las que había ocurrido la muerte e hizo que enviaran también allí los cuatro cadáveres para que los enterraran.