Cuentos Chinos

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Una noche, apoyado en la puerta, estaba contemplando la puesta del sol. El humo que salía de las cabañas se iba mezclando poco a poco con las sombras del anochecer. Todos los ruidos diurnos habían cesado. De repente vio el resplandor de un fuego que ardía en la orilla del río. Se dirigió rápidamente hacia allí para ver de qué se trataba. Se encontró un ataúd de madera del que procedía el brillo del fuego. Pensó para sí: «Las piedras preciosas que se Ies dan a los muertos brillan en la oscuridad. Quizás haya joyas dentro». En su interior creció la codicia y le hizo olvidar que el ataúd es la cama de los muertos. Levantó una gran piedra y con ella partió en dos la tapa del féretro. Se inclinó para mirar con mayor atención. Dentro del ataúd había un joven tumbado. Tenía el rostro blanco como el papel. Llevaba un sombrero de luto, su cuerpo estaba vestido con vestidos de tela de cáñamo y calzaba sandalias de paja. El maestro se asustó del aspecto y se marchó corriendo. Pero el muerto, que ya se había incorporado, salió del ataúd y lo persiguió. Por suerte, la casa no se encontraba lejos. Corrió cuanto pudo, subió escaleras arriba y cerró la puerta tras él. Poco a poco, la respiración volvió a su ritmo normal. Fuera no se oía ningún ruido. Así que pensó que quizás el muerto no había llegado allí. Abrió la ventana y echó una ojeada hacia abajo. El cadáver estaba apoyado en la pared de la casa. Vio que la ventana estaba abierta. Salto tras salto llegó a la ventana. El maestro, asustado, cayó por la escalera y se quedó sin sentido. El cadáver cayó también entonces al suelo en el piso de arriba.


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