Cuentos de hadas Rusos

Cuentos de hadas Rusos

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El Zarevitz Iván dio las gracias a la vieja e hizo cuanto le ordenó. Apenas encendió el fuego, arrojó a las llamas la hierba de modo que el humo flotase en dirección al lugar donde el gigante estaba montando la guardia. Enseguida se le nublaron los ojos, bostezó y cayó al suelo dormido como un tronco. El Zarevitz le cortó la cabeza, arrojó la pelota y echó a correr tras ella. Corre que correrás, corre que correrás, la pelota no dejó de rodar hasta que, entre el verde del bosque se destacó relumbrante el palacio de oro. De pronto se levantó del palacio y a lo largo del camino una nube de polvo, entre el que relucían lanzas y corazas, y al mismo tiempo llegaba un ruido como de escuadrones de guerreros en marcha. La pelota se desvió del camino y el Zarevitz la siguió entre unas malezas que lo ocultaban. Allí se apeó y dejó que el caballo paciese, mientras él observaba a la Zarevna Belleza Inextinguible que se acercaba con su séquito y se detenía en unos hermosos prados para recrearse. Y todo el séquito de la Zarevna estaba compuesto de doncellas a cual más hermosa, pero la belleza inextinguible de la Zarevna se destacaba entre ellas como la luna entre las estrellas.





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