Cuentos de hadas Rusos
Cuentos de hadas Rusos Levantaron tiendas de campaña y allí estuvieron distrayéndose durante nueve días con diversos juegos; pero el Zarevitz como un lobo hambriento, no podía apartar sus ojos de la Zarevna, y por mucho que miraba nunca estaba satisfecho. Por fin, el décimo día, cuando todo el mundo dormía en la dorada corte de la Zarevna, el joven espoleó el caballo con todo su fuerza, y de un brinco fue a parar al jardín del departamento de las doncellas de compañía; ató las riendas de su caballo a un poste y con las precauciones de un ladrón se introdujo en el palacio y se encaminó directamente al aposento principesco, donde la Zarevna Belleza Inextinguible, tendida en un blando lecho, dormía su sueño heroico.
El Zarevitz cogió el frasco del agua de la vida que la durmiente guardaba bajo la almohada, con propósito de escapar de allí corriendo; pero aquel acto era demasiado tentador para su corazón de doncel e inclinándose sobre la Zarevna besó tres veces sus labios, más dulces que la miel. Pero no bien hubo salido del palacio y hubo brincado por encima del muro, montado en su brioso corcel, se despertó la princesa a causa de los besos.
Belleza Inextinguible montó de un salto su yegua veloz como el viento y se lanzó en persecución del Zarevitz Iván. Éste estimulaba a su brioso corcel, tirando de las riendas de seda y golpeando sus ijares con el látigo hasta que el animal volvió la cabeza para hablarle de esta manera: