Cuentos de hadas Rusos

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- Gracias, soberano Zar, por tu generosidad; no quiero plata ni oro ni piedras preciosas, pero si quieres premiarme a medida de tu magnanimidad, te ruego que me des la sortija que luce en el dedo meñique de tu real diestra. Siempre que la mire me acordaré de ti, y si algún día encuentro la mujer que rinda mi corazón, se la regalaré.

El Zar se quitó inmediatamente la sortija y se la dio a Martín, diciendo:

- No faltaba más, buen joven. Toma mi sortija y que te aproveche. ¡Pero no digas a nadie que no es una sortija como cualquier otra, porque podría acarrearte graves perjuicios!.

Martín, el hijo de la viuda dio las gracias al Zar y tomó la sortija. Luego se volvió por donde había entrado al reino subterráneo. Llegó a su casa, consoló a su madre y vivieron los dos sin que nada les faltara. Pero, a pesar de la buena vida que se daba, Martín estaba triste. ¿Y cómo no había de estarlo si deseaba casarse y el objeto de su amor no era una muchacha de su clase sino nada menos que la hija del rey? Consultó a su madre y le rogó que hiciese de casamentero, diciéndole:

- Ve tu misma a ver al Rey y pídele para mí la mano de su hija, la sin par Princesa.


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