Cuentos de hadas Rusos
Cuentos de hadas Rusos Al día siguiente, el comerciante que era único entre setecientos salió con su criado en dirección a la montaña de oro. Sube que subirás, trepa que treparás, no llegaban nunca a la cumbre.
- Bueno -dijo el comerciante,- ya es hora de que echemos un trago.
Y el comerciante le ofreció un narcótico. El jornalero bebió y se quedó dormido. El comerciante sacó su cuchillo, mató el jamelgo que traía consigo, le arrancó las entrañas, puso en el vientre al joven con su azadón, y después de coser la herida, fue a esconderse entre las malezas. Inmediatamente bajó volando una bandada de cuervos de acerados picos, que cogieron al cadáver del animal y se lo llevaron a la cumbre para cebarse en él a su gusto. Empezaron a mondarlo hartándose de carne, hasta que hundieron los picos en el hijo del comerciante. Éste se despertó, ahuyentó a los negros cuervos, miró a todas partes y se preguntó:
- ¿Dónde estoy?
- En la montaña de oro -le contestó el amo gritando desde abajo.- ¡Ea! ¡Coge tu azada y cava oro!
El hijo del comerciante se puso a cavar y a tirar oro montaña abajo. El comerciante lo cogía y lo cargaba en los carros. Por la tarde había llenado nueve carros.
- Ya me bastará -gritó el comerciante único entre setecientos.- Gracias por tu trabajo. ¡Adiós!
- ¿Y yo qué hago?