El cantar de los Nibelungos

El cantar de los Nibelungos

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Llegado que hubo a la edad de presentarse en la corte, todos deseaban verle; muchas mujeres y hermosas vírgenes anhelaban que su voluntad se fijara en ellas; todos le querían bien y el joven héroe se daba cuenta de ello.

Muy pocas veces permitían que el joven cabalgara sin acompañamiento; riquísimos vestidos le dio su madre Sigelinda; hombres instruidos que sabían lo que el honor vale, cuidaban de él: de esta manera pudo conseguir hombres y tierras.

Cuando llegó a la plenitud de la edad, y pudo llevar las armas, le dieron todo lo necesario: gustaba de las mujeres que saben amar, pero en nada se olvidaba del honor el hermoso Sigfrido.

He aquí que su padre Sigemundo hizo saber a los hombres que eran amigos suyos, que iba a dar una gran fiesta; la noticia circuló por las tierras de los demás reyes; daba a cada uno un caballo y un traje.

Donde quiera que había un joven noble, que por los méritos de sus antepasados pudiera ser caballero, lo invitaban a la fiesta del reino y más tarde todos ellos fueron armados al lado de Sigfrido.

Grandes cosas podrían contarse de aquella fiesta maravillosa. Sigemundo y Sigelinda merecieron gran gloria por su generosidad: sus manos hicieron grandes dádivas, y por esto se vieron en su reino a muchos caballeros extranjeros que los servían con gusto.


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