El cantar de los Nibelungos
El cantar de los Nibelungos
Cuatrocientos portaespadas debían recibir la investidura al mismo tiempo que el joven rey; muchas hermosas jóvenes trabajaban con afán, pues querían favorecerlos y engarzaban en oro gran cantidad de piedras preciosas.
Querían bordar los vestidos de los jóvenes y valerosos héroes y no les faltaba que hacer. El real huésped hizo preparar asientos para gran número de hombres atrevidos, cuando hacia el solsticio de estío, Sigfrido obtuvo el título de caballero.
Muchos ricos de la clase media y muchos nobles caballeros fueron a la catedral: los prudentes ancianos hacían bien en dirigir a los jóvenes como en otro tiempo lo habían hecho con ellos; allí gozaron de placeres sin número y de no pocas diversiones.
Se cantó una misa en honor de Dios. La gente se agolpaba en numerosos grupos cuando llegó la hora de armar caballeros, según los antiguos usos de la caballería, a los jóvenes guerreros, y se hizo con tan ostentosos honores como nunca hasta entonces se había visto.
Inmediatamente se dirigieron ellos al lugar en que se hallaban los corceles ensillados. En el patio de Sigemundo el torneo era tan animado que las salas y el palacio entero retemblaban. Los guerreros de gran valentía hacían un ruido formidable.