El cantar de los Nibelungos

El cantar de los Nibelungos

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Podrían escucharse y distinguirse los golpes de los expertos y de los novicios, y el ruido de las lanzas rotas que se elevaba hasta el cielo; los fragmentos de muchas de ellas despedidos por las manos de los héroes, volaban hasta el palacio. La lucha era ardiente.

El real huésped les mandó cesar; retiraron los caballos y sobre el campo pudieron verse rotos muchos fuertes escudos; esparcidas sobre el verde césped muchas piedras preciosas, así como también las placas de las bruñidas rodelas. Todo aquello era resultado de los violentos choques.

Los convidados por el rey tomaron asiento en el orden señalado de antemano. Sirviéronse con profusión ricos manjares y vinos exquisitos, con los que dieron al olvido sus fatigas. No fueron pocos los honores que se hicieron lo mismo a los extranjeros que a los hijos del país.

El día entero lo pasaron en alegres goces: allí aparecieron multitud de personas que no estuvieron desocupadas, pues mediante recompensa sirvieron a los ricos señores que se encontraban en la fiesta. El reino entero de Sigemundo fue colmado de alabanzas.

El rey dio al joven Sigfrido la investidura de las ciudades y de los campos, de la misma manera que él la había recibido. Su mano fue pródiga para los demás hermanos de armas, y todos se felicitaron del viaje que habían hecho hasta el reino aquel.


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