El cantar de los Nibelungos
El cantar de los Nibelungos La fiesta se prolongó durante siete días: Sigelinda la rica, perpetuando antiguas costumbres, distribuyó oro rojo por amor de su hijo, al que deseaba asegurar el cariño de todos sus súbditos.
En el país no volvieron a encontrarse pobres vagabundos. El rey y la reina esparcieron por doquier vestidos y caballos, lo mismo que si no les quedara más que un día de vida. Creo que en ninguna corte se desplegó tanta munificencia.
Los festejos terminaron con ceremonias dignas de general alabanza. Muchos ricos señores dijeron después de aquel tiempo, que hubieran querido tener por jefe al gallardo príncipe, pero Sigfrido, el arrogante joven no sentía tales deseos.
Por mucho que vivieron Sigemundo y Sigelinda, nunca el hijo querido de ambos ambicionó ceñir la corona; aquel guerrero bravo y atrevido quería ser sólo el jefe para afrontar todos los peligros que pudieran amenazar el reino de su padre.
Nadie se atrevió a insultarlo nunca y desde que tomó las armas apenas si se permitió reposo aquel ilustre héroe. Los combates eran su alegría y el poder de su brazo le hizo adquirir nombre en los países extranjeros.