El cantar de los Nibelungos

El cantar de los Nibelungos

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La noticia llegó a oídos de su madre Sigelinda y comenzó a temer por su hijo querido, que debía morir, según ella, a manos de los guerreros de Gunter. La noble esposa del rey rompió en lamentos.

Sigfrido, el joven capitán fue adonde ella estaba y dijo a su madre, en tono cariñoso:

—Señora, no debéis llorar por mis deseos, pues ningún enemigo me inspira el menor cuidado.

»Ayudadme para que pueda realizar mi viaje al país de los Borgoñones: haced que yo y los guerreros que me acompañen podamos llevar tales trajes, que tan bravos hombres se puedan sentir orgullosos de ellos: en verdad que os daré las gracias sinceramente.

—Ya que no quieres renunciar —le dijo Sigelinda—, te ayudaré para que puedas hacer tu viaje; mi hijo único, a ti y a los que te acompañan daré trajes que mejores jamás los hayan llevado caballeros; tendréis todo lo necesario.

Se inclinó respetuosamente el joven Sigfrido, y dijo:

—Sólo quiero llevar conmigo doce guerreros; que preparen los trajes para ellos. Quiero saber lo que hay de verdad respecto a Crimilda.

Desde entonces mujeres hermosas permanecieron sentadas día y noche, sin descansar un momento, hasta que los trajes de Sigfrido estuvieron terminados. Por nada quería desistir de realizar su viaje.


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