El cantar de los Nibelungos
El cantar de los Nibelungos Su padre le mandó hacer una armadura de caballero, que debía llevar desde el momento en que abandonara los dominios del rey Sigemundo. Se prepararon más de una cota de mallas y también reforzados yelmos y largos y brillantes escudos.
Se aproximaba el tiempo del viaje hacia los Borgoñones. Hombres y mujeres se preguntaban con cuidado si volverían de nuevo al país. Llevaban las armas y los vestidos en bestias de carga.

Hermosos eran los caballos y los arreos iban guarnecidos de oro rojo: podía asegurarse que nadie había obrado con tanta audacia como el guerrero Sigfrido y los hombres que lo acompañaban. Ardía en deseos de partir para el país de los Borgoñones.
Teniéndolo abrazado, lloraron sobre él la reina y el rey, y consolándolos a ambos, les dijo:
—No debéis llorar por mi causa, no tengáis cuidado por mi vida.
Triste era aquello para los guerreros, y muchas mujeres lloraron también. Pienso que el corazón les decía que gran número de sus amigos debían encontrar la muerte y se lamentaban con razón; presentían la catástrofe.