El cantar de los Nibelungos

El cantar de los Nibelungos

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Al séptimo día, hacia Worms, por la arena cabalgaban los bravos: sus vestidos eran de oro rojo, los arneses primorosamente trabajados. Los caballos avanzaban majestuosamente llevando a los hombres del intrépido Sigfrido.

Nuevos eran sus escudos, fuertes y brillantes sus yelmos magníficos, cuando el atrevido Sigfrido se dirigía a la corte del rey Gunter. Jamás héroe ninguno había llevado tan suntuoso equipo.

Las puntas de las espadas rozaban con las espuelas y los caballeros escogidos llevaban agudas lanzas. Sigfrido llevaba una de doble filo y ambos cortaban de una manera horrible.

Llevaban las doradas riendas en la mano; las gualdrapas eran de rica seda: así penetraron en el país. El pueblo los admiraba en todas partes con la boca abierta; muchos de los hombres de Gunter corrieron al encuentro de ellos para verlos.

Aquellos valerosos guerreros avanzaron hacia los distinguidos extranjeros como era de rigor y recibieron a los huéspedes en el país de su señor. Tomaron los escudos de sus manos y de sus diestras las riendas.

Querían conducir los caballos hacia el palacio, pero inmediatamente les gritó Sigfrido el atrevido:

—Dejad quietos los caballos a mí y a los míos; pronto nos alejaremos de este sitio, porque nuestras intenciones son las mejores.


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