El cantar de los Nibelungos

El cantar de los Nibelungos

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—Para nosotros seréis bienvenido tú y los que te acompañan —dijo el joven Geiselher—, yo y todos mis amigos queremos serviros.

Y escanciaron a los extranjeros vino del rey Gunter.

El soberano del país añadió:

—Todo lo que aquí hay es vuestro, según prescriben las reglas del honor; cuerpos y bienes serán divididos con vosotros.

Al escuchar esto la cólera de Sigfrido se aplacó un tanto.

Hicieron cuidar sus equipajes y se buscaron para los acompañantes de Sigfrido los mejores alojamientos que había. Desde entonces todos vieron con gusto al extranjero en el país de los Borgoñones.

Grandes honores le hicieron durante muchos días; cien veces más que todos los que yo podría decir. Puede creerse que su valor los merecía, y no ocurrió que nadie al verlos, sintiera odio en contra suya.

En todas las diversiones del rey y de sus hambres, se mostró siempre superior. Cualquier cosa que se intentara, era tan grande su fuerza, que nadie podía igualarlo, fuera en arrojar la piedra o en lanzar la flecha.

Como siempre estos juegos se hicieron por cortesía delante de las mujeres, que veían con sumo gusto al héroe del Niderland. Él tenía fijos sus sentidos en un elevado amor.


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