El cantar de los Nibelungos

El cantar de los Nibelungos

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—Calmad vuestra cólera —dijo a Ortewein—. Nada ha dicho aún el noble Sigfrido para que sea imposible terminarlo todo cortésmente. Así pienso yo; tengámosle por amigo y será honroso para nosotros.

—Nos causa gran pesar —dijo entonces el fuerte Hagen— que para venir a combatir haya atravesado el Rhin con sus guerreros: jamás debió hacer semejante cosa, pues de mis hombres no recibió ofensa parecida.

—¿Os ofende lo que he dicho señor Hagen? —respondió Sigfrido, el héroe valeroso—. Si así fuera a vos toca escoger si queréis que mi valor sea terrible para los Borgoñones.

—Sólo yo me basto para impedirlo —replicó Gernot. Prohibió a todos sus guerreros que hablaran con desacato porque aquello le disgustaba. Sigfrido pensaba en la hermosa joven—. ¿Por qué nos ha de ser necesario combatir contra vosotros? —preguntó—. Si en la lucha murieran muchos héroes, para nosotros no sería honra ninguna y vos no conseguiríais provecho.

Al escuchar estas palabras, Sigfrido, el hijo del rey Sigemundo, respondió:

—¿Por qué Hagen y también Ortewein desean afrontar el combate en compañía de sus amigos cuando tienen tantos entre los Borgoñones?

Todo quedó terminado; el consejo de Gernot prevaleció.


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