El cantar de los Nibelungos

El cantar de los Nibelungos

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—No sentimos deseos —dijo Gernot de conquistar nuevas tierras—, y dar lugar a que por este motivo mueran muchos a manos de los guerreros: poseemos en justicia ricos dominios que nos obedecen y que no se someterán más que a nosotros.

Allí se encontraban todos los amigos inflamados por la cólera. Entre ellos estaba Ortewein, señor de Metz, que dijo así:

—La reconciliación sería para mí un dolor terrible: sin motivo ninguno, os ha provocado el fuerte Sigfrido.

»Si vosotros y vuestros hermanos no tenéis valor, aun cuando trajera en su compañía un real ejército, me atrevería a combatir con él de tal modo que en adelante el atrevido héroe renuncie por razones poderosas a su impertinencia.

Tales frases despertaron la cólera del héroe del Niderland:

—Tú brazo no puede medirse con el mío: yo soy un rey poderoso, tú no eres más que un vasallo de rey; doce como tú no podrían resistirme en el combate.

—¡A las espadas! —gritó inmediatamente Ortewein, señor de Metz, que ciertamente era digno de ser hijo de la hermana de Hagen de Troneja. Que éste permaneciera callado tanto tiempo atormentaba al rey. Entonces habló Gernot, el bravo y respetado caballero.


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