El carnicero de Sarospatak
El carnicero de Sarospatak Una torrencial primaveral lluvia se abatía sobre Buenos Aires, la cual como siempre hacía colapsar la ciudad. Lea dejó la oficina en búsqueda del subte B. Se dirigía por la calle Medrano a la estación del mismo nombre ubicada en la intersección de esta calle con la avenida Corrientes. Trataba inútilmente de cubrirse con su pequeño paraguas cuando reparó que iba caminando por una calle en el mismo sentido que los autos y por la vereda donde los mismos tienen vedado estacionar. Había obviado una serie de recomendaciones que le venían de su época en la clandestinidad. Olvidó esto y siguió enfrentando la tormenta con cabeza gacha y el paraguas al frente. De repente chocó con otra persona. Levantó su paraguas y vio una cara, sino familiar, conocida. Era raro. El hombre alto, morocho, pasado los 40 años, le pidió disculpas. En ese instante, sintió que una fuerza superior e irresistible la sujetaba desde atrás y la empujaba hacia su derecha e introducía en un vehículo utilitario. Allí sintió que otra persona la recibió y encapuchó. Todo se hacía con firmeza pero sin violencia. Cuando la sentaron y e l vehículo arrancó, sintió una voz, nuevamente familiar, que le dijo: «Lea, quedate tranquila, somos amigos. Cuando salgamos de Capital te paso un Marlboro Box, como te gusta a vos».
