El carnicero de Sarospatak
El carnicero de Sarospatak Durante el viaje Lea insólitamente se tranquilizó. Pidió un nuevo cigarrillo. Le dieron el Marlboro encendido. Lo pitó con desesperación, mientras observaba la cara de sus secuestradores, quienes para su sorpresa, ni ocultaban sus rostros ni se molestaban que los mirase. Ya era de noche, pudo ver el horizonte del camino rural de color rojo intenso por lo cual entendió que se dirigían al oeste, pero no pudo ni por asomo descubrir por donde andaban. Apenas conocía los alrededores de Buenos Aires.
Dio una profunda pitada al cigarrillo mientras observaba secuencialmente a los cuatro hombres. Rudos, marciales, casi atentos a pesar de las circunstancias. Se dirigió a quien iba en el lugar del acompañante:
—No puedo procesar aun lo que me dijiste hace un rato. ¿Para qué me protegieron en el viaje a Montevideo a mí?, calculo que saben quién soy... era...
—Lea, en este mundo nada es blanco o negro, nada. Todos son matices, diferentes tonos de grises. Lo único que es blanco o negro es cuando tenés que tomar una decisión, ahí no podés dudar. Pero por lo demás, te repito, todos son grises. Y aquel que ves como tu peor enemigo, en un momento se puede convertir en tu aliado, aunque sea circunstancial.
