El carnicero de Sarospatak
El carnicero de Sarospatak —Señorita RubÃn, mucho gusto. Espero que no haya sufrido ningún inconveniente en su viaje hasta aquÃ. Si pudiéramos haberlo hecho de otra manera lo hubiésemos hecho, pero entenderá que no nos fue posible y que cualquier otro tipo de contacto que hubiésemos intentado nos hubiera traÃdo problemas, pero no este tipo de operaciones que entenderá manejamos con habilidad.
Lea entendÃa cada vez menos. El anciano hablaba un fluido castellano pero claramente no era su lengua materna. Creyó notar un fuerte acento alemán.
—Señorita RubÃn, entiendo que no sabe quién soy, asà que procederé a presentarme. Mi nombre es Martin Bormann.
Lea empalideció. Creyó que se iba a desmayar, logró controlarse y bebió un sorbo de agua para a continuación encender un nuevo cigarrillo. Entrelazó sus manos y miró fijamente al anciano.
—Creo que ahora sabe quién soy o por lo menos sabe de quién fui colaborador estrecho casi hasta el fin. Lo primero que le quiero decir es que no tiene nada que temer, olvide esas pelÃculas clase C de Hollywood que nos retratan como monstruos. Lo segundo, que le voy a contar algunas cosas y responderé todas las preguntas que usted quiera. A mi edad ya no tengo miedo de nada. Puede tomar asimismo todas las notas que desee. ¿Comenzamos?