El carnicero de Sarospatak
El carnicero de Sarospatak La pareja de agentes del Mossad se comunicó con su base en Tel-Aviv para informar que ni Blumendorf ni su custodio marroquí habían regresado aún al hotel. Desde Tel-Aviv les pidieron mantener esto en secreto hasta el día siguiente. Se mezclaron en el lobby de hotel con la delegación que acompañaba a Blumendorf, quienes bebían y chalaban animadamente sin sospechar nada. Eran conocidas las salidas de su jefe hacia establecimientos de chicas lindas y jóvenes, donde lo solía acompañar el fiel Haroun. Nada nuevo.
El viaje de Blumendorf no fue ni por cerca tan placentero con el de Lea. Fue encapuchado desde el primero momento. Al descender, lo condujeron fuertemente asido por ambos brazos hasta que bruscamente sus captores se detuvieron. Le sacaron la capucha y le hicieron mirar hacia su izquierda. Lentamente, mientras su vista recobraba sus funciones normales, pudo reconocer a Haroun, sentado en una silla, atado, transpirado, con la boca tapada y con efectos de haber sido torturado. Los ojos de Haroun, abiertos a más no poder, expresaban todo lo que había sufrido. Un golpe de puño a su rostro lo abatió profundamente. Quien lo golpeó, miró fijamente a Blumendorf y rió.
Nuevamente encapuchado, fue llevado a una habitación donde fue sentado en una silla, siendo reemplazada su capucha por una suave venda. Atados sus brazos a sus espaldas, estaba aterrado esperando el golpe final.
