Historia de Lanzarote del Lago

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XII

Cuando llegó la hora de vísperas, en que la cena estaba dispuesta, los dos niños se sentaron a la mesa, para comer juntos, acostumbrados como estaban a comer ambos en una sola escudilla Lionel comía con buen apetito, de forma que su maestro Farién estaba asombrado, y con asombro lo contemplaba. Al cabo del rato, cuando ya había terminado, Farién empezó a llorar con amargura, de forma que las lágrimas le caían por el vestido y llegaban a la mesa en la que estaban comiendo. Lloró durante un buen rato, y Lionel se dio cuenta y le dijo con buenos modales y discretas palabras:

—¿Qué os ocurre, buen maestro? ¿Por qué lloráis con tanta amargura en vez de comer?

—Dejadlo estar, buen señor; ¿qué más os da? No ganaríais nada sabiéndolo.

—Por Dios, no lo dejaré estar por nada, pues quiero saberlo, y os conjuro por la fe que me debéis para que me lo digáis de inmediato.

—Ay, señor, por la misericordia de Dios, ¿por qué me conjuráis obligándome a decir una cosa con la que nada ganaréis al saberlo y con la que es posible que después os entristezcáis más y os lamentéis?

—Por la fe que debo al alma de mi padre, el rey Boores, no comeré con la boca hasta que sepa por qué habéis llorado.

—Mi buen señor, os lo diré antes de que dejéis de comer.


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