Historia de Lanzarote del Lago

Historia de Lanzarote del Lago

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Llegó entonces Lanzarote por medio de las filas y comenzó a bohordar con tanta facilidad y tan bien que al punto le reconocen todos; derriba caballos y caballeros y todo cuanto alcanza, pero el caballo que montaba era demasiado rápido y no estaba bien frenado, de forma que lo llevaba un poco a su voluntad muchas veces, tan rápido y con tanta fuerza que no había nadie al que alcanzara que no lo derribara de inmediato al suelo; no quería descabalgar porque le agradaba el juego y temía perder el honor logrado si lo abandonaba en ese momento. A pesar del caballo, no dejaba de derribar a cuantos encontraba, caballos y caballeros. Ocurrió entonces que el rey de los Cien Caballeros fue a justar con él y él le golpeó con tanta fuerza que lo derribó a él y a su caballo en un solo montón: al caer el rey quedó malherido en el muslo izquierdo y permaneció desmayado en el suelo durante un gran rato. Meleagant se dirigió entonces hacia Lanzarote rompiéndole la lanza en el escudo; éste le golpea con tanta fuerza que lo derriba atravesado en el camino junto con su caballo: a esto se debió el gran odio que a partir de entonces le tuvo a Lanzarote el resto de su vida. Meleagant se pone en pie de un salto, pues no estaba herido, pide una lanza fuerte y gruesa que estuviera bien afilada —no debía haberlo hecho si fuera leal caballero—, deja a Lanzarote que corra y apunta con mucho cuidado dónde va a golpearle, mientras que Lanzarote no le presta atención ni a él ni a su celada. Meleagant se dirige contra él y le golpea de través, metiéndole la lanza en el muslo y atravesándoselo de una parte a otra, alcanzando la cubierta de la silla y haciendo que se golpee con la parte de detrás del arzón, de forma que la lanza vuela en pedazos. Lanzarote se lleva el asta en el muslo durante más de una toisa: la roja sangre le va cayendo por la pierna y la hierba se tiñe. Cuando los de la mesnada de Galahot vieron a Lanzarote herido, se asustaron mucho por su señor, que lo amaba demasiado; se quitan los escudos del cuello y los arrojan a tierra diciendo que no continuarán bohordando. Galahot, al oír tal noticia, se desmaya, pues le dijeron que Lanzarote estaba herido en el cuerpo. Tampoco el rey Arturo se sintió a gusto y la reina tuvo tal duelo que poco faltó para que el corazón no le reventara dentro del vientre; no pudo mantenerse a la ventana de una torre en la que estaba y se desmayó, y al caer se hirió con una piedra afilada. Lanzarote continúa en el prado y ha conseguido sacarse el asta, vendándose el muslo, antes de que el rey llegue. Galahot continúa lamentándose y vuelve a desmayarse, y cuando recobra el conocimiento, se golpea con las manos, diciendo: «¡Ay Dios, que me llegue ahora la muerte anunciada!».


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