Historia de Lanzarote del Lago

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—Señora, cometéis una gran falta al tener tal dolor; si Dios quiere, mi señor el rey todavía está sano en dondequiera que esté. Si estuvierais segura de que ha muerto, no sería prudente quien os aconsejara que os lamentarais.

—Porque no pienso que haya muerto es por lo que me lamento de tal forma; desearía que Dios me lo devolviera lo antes posible. Sé que Dios ha escuchado muchas veces a mujeres más pecadoras que yo. Y no me lamento sólo por él, sino por el daño que le causa a todos los demás; no es necesario lamentarse por los valientes, si mueren con gran honra y con mérito, pues no son tan alabados en su vida como después de su muerte; lo único que no sé es cómo podrá haber alegría entre reyes ni entre caballeros después de un hombre tan valiente como éste.

Es grande el dolor que la reina Ginebra manifiesta, y los compañeros del rey lloran también con amargura. Pero la reina procura ocultar su tristeza cuando ve a Lanzarote, pues sabe que éste está tan entristecido que poco falta para que pierda el sentido común; en varias ocasiones estuvo a punto de ir en busca del rey Arturo, pero la reina le dijo un día:

—Mi dulce amigo, ¿queréis darme la muerte?

—En absoluto, señora.


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