Historia de Lanzarote del Lago

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—Señor, no sois nada prudente, porque si lleváis ese cuchillo todos se darán cuenta. Yo lo llevaré que lo puedo esconder mejor que vos. Y tened la certeza que quiero tanto vuestro bien como el mío.

—Prometedme, entonces, que cuando os lo pida me lo entregaréis.

—Así será, si vos me prometéis antes que no haréis nada por encima de mis fuerzas.

—No haré nada por lo que pueda ser censurado.

—Con eso me basta. Prometedme lealmente que no haréis nada que se os pueda volver en censura o daño.

—Buen maestro, ¿sabéis qué podéis hacer? Si así lo deseáis, dejad el cuchillo y si queréis, escondedlo vos mismo, pues todavía lo podríais necesitar.

Vuelven a la sala en la que esperaba el senescal: montan Lionel y Boores en sendos palafrenes y detrás de ellos cabalgan sus maestros, y van directamente al palacio donde estaba reunida la corte. Todo el pueblo salta fuera a ver a su auténtico señor y lloran los jóvenes y los viejos, rogando a Nuestro Señor que les devuelva el honor con poder y autoridad. Farién aconseja a Lionel y le pide por Dios que no vaya a hacer una locura de la que salgan dañados él y todos los que están con él allí, pues nadie podría salir peor.


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