Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago El rey fue hacia la puerta el primero de todos; empezó a golpear y llamó con tanta fuerza que fue oído por los de dentro, y no tardó mucho en salir a la puerta y abrirla un hombre con vestido blanco. Cuando el rey lo vio con aquel hábito pensó que allí dentro había una ermita. Entra y le pregunta al que le ha abierto la puerta si allí hay sitio suficiente como para que pudieran comer él y sus compañeros. «Sí, señor —le contesta—, es una casa grande y hermosa, que fue construida para dar alojamiento a los caballeros que pasan de camino y a otras gentes que van por aquí». Entonces les abre una gran cabaña de madera, y rápidamente se disponen a encender fuego, pues necesitaban el calor. A continuación colocan las mesas y el rey y sus compañeros se ponen a comer lo que llevaban. Al tercer mordisco le entró al rey tal dolor que le parecía que el corazón le fuera a volar del vientre. Se tuvo que acostar; los ojos le dan vueltas en la cabeza, y el rostro le empieza a empalidecer hasta que se desmaya. Los caballeros dejan de comer y van hacia él; mi señor Galván lo toma entre sus brazos temiendo que haya muerto. Cuando recobra el habla, dice: «¡Ay, Dios, confesión, que ahora la necesito!». No reconoció ni a mi señor Galván ni a ninguno de los otros, hasta tal punto le ha privado de la vista el dolor. Entonces salen los caballeros en busca del ermitaño y se encuentran al que les había abierto la puerta; le preguntan si es sacerdote, para que confiese al rey, y él dice que no, pero que iría en busca del ermitaño que vivía en aquel monasterio. Corre entonces y todos los demás le siguen con gran prisa; en la capilla encuentran un ermitaño de avanzada edad; tan pronto como este oye la gran necesidad, va en busca del lugar donde tenía el Corpus Domini y dice, de forma que le oyen todos los nobles: «¡Que Dios sea adorado por esta enfermedad!», pues bien sabe que Dios ha escuchado su oración.