Historia de Lanzarote del Lago

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Mi señor Yvaín cabalga hacia allí y se acerca a una gran encina que había a un tiro de arco del pabellón; lo contempla y ve que de una de las ramas de la encina estaba colgada por las trenzas una doncella y tenía las manos atadas a la rama y a dos trozos de cuerda, tan apretadas que la sangre le brotaba por entre las uñas. Mi señor Yvaín mira a la doncella y siente una gran compasión; cuando se dispone a cabalgar hacia allí mira a la derecha y ve a un caballero completamente desnudo, a excepción de las calzas, que estaba atado a un palo y que ha sido golpeado tanto que las calzas estaban rojas por la sangre que le había salido del cuerpo: mi señor Yvaín siente gran compasión y las lágrimas le caen de los ojos, por la cara, dentro del yelmo. Se dirige entonces a la doncella y la encuentra gravemente herida, que no puede hablar; por lo mucho que había gritado, la voz le fallaba y por lo que había llorado tenía los ojos rojos e hinchados; la cuerda le ha dañado tanto las manos, que eran tiernas y blancas, que las tiene cortadas hasta el hueso. La doncella está mal, tanto en el cuerpo como en la voz; apenas puede hablar y se queja y se lamenta amargamente, y al final de sus lloros siempre protesta por mi señor Galván. Cuando mi señor Yvaín oye que se lamenta por su señor, su primo, siente una gran compasión, mayor de la que había tenido hasta entonces. Se acerca a la doncella y le pregunta de buena manera por qué se lamenta tan a menudo por mi señor Galván.


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