Historia de Lanzarote del Lago

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Al cabo de la semana, cuando Lanzarote tuvo que marcharse, no hubo nadie que no sintiera bastante su partida; la reina lloró con cálidas lágrimas, pero fue de forma tan secreta que nadie lo supo sino ellos dos. El lunes por la mañana, después de que Lanzarote oyera misa, se armó y montó a caballo, marchándose de la corte sin que lo supiera nadie más que la reina; cabalgó durante todo el día sin encontrar una aventura que merezca ser contada y por la noche durmió en casa de un guardabosque que le dio un buen alojamiento. La mañana siguiente, apenas amaneció, reemprendió su camino y entró en un bosque que se llamaba El Abetal. Encontró a la derecha un estrecho sendero que le pareció que no era muy frecuentado por la gente y por eso se dirigió hacia allí; siguió el camino hasta la hora de tercia. Entonces, alcanzó a un caballero que iba cabalgando completamente solo, armado con todas las armas. Lanzarote lo saluda apenas lo alcanza y el otro le devuelve el saludo, preguntándole que de qué tierra es. Lanzarote le contesta que es de Gaula.

—Señor —le pregunta el caballero—, ¿habéis estado alguna vez en la corte del rey Arturo?

—Sí, he estado alguna vez en ella.

—¿Habéis visto alguna vez a la reina?

—Sí, ciertamente la vi.

—Si la habéis visto, bien podéis decirme que visteis a la mujer más desleal de cuantas existen.


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