Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago Cuando Agravaín ve el pabellón piensa que no estará abandonado y le entran ganas de ir a él, pues quiere saber quién hay dentro; se dirige hacia aquella parte y, al llegar, encuentra un ataúd completamente cubierto de palios y jametes; a su lado había cuatro incensarios de plata, ocho cirios ardiendo y dos cruces que no eran muy ricas, pues no tenían ni oro, ni piedras preciosas. Junto al ataúd estaba sentado un caballero que hacía gran duelo y tenía el rostro vendado en cuatro sitios por las heridas que había recibido. A su lado estaba sentada una doncella, que había llorado tanto que ya no podía decir una palabra.
Agravaín entra a caballo en el pabellón y saluda al caballero, diciéndole:
—Señor caballero, que Dios os dé alegría, pues me parece que tenéis gran necesidad de ella, a juzgar por la cara que os veo.
—¡Ay, señor!, para que yo tenga alegría no debéis rogar a Dios, pues sería esfuerzo malgastado, porque no hay nadie tan poderoso, a excepción del mismo Dios, que pueda inculcar alegría en mi corazón: ayer por la tarde perdí todo gozo y toda felicidad y toda buenaventura, porque con mis propios ojos vi cómo le daban muerte al cuerpo de este caballero que aquí yace.