Historia de Lanzarote del Lago

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Luego, se marcha tan dolorido que no puede más. El gigante pide sus armas y dice que tiene que ir tras aquel que le ha afrentado, y que no cesará hasta vengarse. Los del castillo cumplen sus órdenes y le dan unas armas buenas y ricas; después de que se armara, le llevan un caballo fuerte y rápido, más negro que la mora; monta y cuelga del arzón un hacha cortante y una maza de hierro macizo pesado; se pone al cuello la espada de buen acero. Después de prepararse de esta forma, que no le faltaba nada, se marcha de la montaña y galopa, que parece rayo por donde pasa; encuentra dos pabellones junto al camino. Pasa entre ellos y los derriba al suelo; en ellos estaban un caballero y una doncella juntos en la cama. Desenvaina la espada y les corta las cabezas, colgándolas del arzón de su silla, atadas por los cabellos; se dirige hacia donde piensa que puede estar su escudo. Cuando llega al lugar y no lo encuentra, se le enrojecen los ojos, se le apagan los dientes, mueve la cabeza encolerizado, de tal forma que no habría nadie que no sintiera pavor, pues era grande, negro y estaba dispuesto a hacer todo el daño posible. Desenvaina la espada y golpea en los pabellones; corta las cuerdas y derriba al suelo todo lo que encuentra a su paso. Pero no halló ni a hombre ni a mujer; como no hay nada que pueda matar, se detiene como el león tras haber dado muerte a los gamos, pero no puede mostrarle a nadie su enfado; mira al árbol en el que estaba colgado el escudo, que le recuerda su ira, de la que no podrá vengarse —según dice— hasta que haya matado al que le ha causado semejante afrenta.


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