Historia de Lanzarote del Lago

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—Señor, gracias a Dios y a vos, habéis venido para llevar a término un asunto mío, pero no sabéis cuál es: os lo voy a decir. Heredé la tierra de mi padre; es grande y ancha, rica en caballeros y burgueses, y nadie me la disputó, ni siquiera un pie de ella; sólo lo hizo el hijo del duque Galenín, que me quitó un castillo que hay en una isla aquí delante, y os diré de qué modo lo hizo. El islote está completamente cercado, y el castillo está en el límite de nuestras tierras, de forma que antaño lo compartían mi padre y el duque Galenín, teniendo tanto uno como el otro. Después fue completamente de mi padre: el duque Galenín fue odiado por sus vecinos mientras vivió, pues los combatía sin cesar y les hizo tanto daño como pudo. Un día iba cabalgando con otros tres caballeros por un bosque, en tierra de sus enemigos; estaban espiándolo y fue apresado a la fuerza y hecho prisionero. Al ver que no podría salir con la ayuda de sus hombres, le pidió socorro a mi padre, diciéndole que se lo recompensaría bien. Mi padre tuvo compasión porque habían sido compañeros de armas en la infancia: convocó a su gente y fue con muchos hombres contra los que tenían prisionero al duque, destruyéndolos, quitándoles las tierras y llevándose al duque sano y salvo. Al ver el duque lo que mi padre había hecho por él, se hizo gran amigo suyo y mandó construir en la isla que os digo un castillo tan bello y tan hermoso como el que ahora hay, dándoselo a mi padre como recompensa por su servicio, ante todos los de esta tierra, de forma que mi padre lo pobló con la gente de su propia tierra. Después de que muriera mi padre y de que muriera también el duque Galenín, los del castillo fueron investidos por mí, de modo que nadie me reclamó nada. Pero hace ahora cuatro años que el hijo del duque vino con mucha gente y entró en él a la fuerza, matando a todos aquellos que no querían ponerse de su parte. Cuando vi la gran afrenta que me había causado, hice que hablara con él el rey Pelés de la Tierra Foránea, a quien le contestó que nadie le criticaría con razón, pues el castillo era suyo por herencia, ya que lo había construido su padre. Yo le dije que mentía y que estaba dispuesta a buscar un caballero que lo probara frente a él, si es que se atrevía a defender lo que decía, pues el castillo ciertamente era mío; me contestó que lo buscara, si es que quería recobrar algo, pues de otro modo no podría poner el pie allí ni nadie que estuviera de mi parte; le respondí que así lo haría y que estuviera seguro. De esta forma nos separamos y envié a la corte del rey Arturo a mi doncella que os hizo venir aquí, gracias a su amabilidad y a la vuestra, que vinisteis. Mañana por la mañana, si os parece bien, iremos a la corte del rey Pelés y os ofreceréis allí a defender esta causa.


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