Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago Al oírlo se quita el escudo del cuello y siente tan gran alegría que apenas se podría contar, diciéndole a Lanzarote:
—Mi dulce señor, mi dulce primo, sed bienvenido. Ciertamente no es necesario recordar lo que habéis hecho, pero os debo una gran recompensa por haberos herido; sería mayor el daño si vos fuerais herido, con peligro de muerte, que si lo fueran quince caballeros como yo, pues mi valor no se puede comparar con el vuestro, igual que la claridad de la luna no se puede comparar con la del sol. Bien se ha visto ahora, pues me habíais dejado en tal situación que apenas podía sostener el escudo: es justo que tengáis la victoria en este combate, pues no hay comparación entre vos y yo, y me considero vencido.
—Por Dios, no tendré esa gloria, si Dios quiere; buen amigo, sois vos quien os la habéis ganado y debéis tenerla; he aquí mi espada, os la rindo.
—Señor, por Dios, no podríais causarme mayor vergüenza, pues es cosa evidente que me habéis derrotado.