Historia de Lanzarote del Lago

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—Señor, si os quejáis de mí, también me puedo quejar de vos, pues me habéis matado y bien sabréis por qué.

De esta forma se queja el uno del otro y sienten compasión por ellos mismos, pues se sienten de tal forma por las heridas y la sangre que han perdido, que creen que no llegarán a ver la noche. Héctor se quita el yelmo de la cabeza, tal como estaba, arroja el escudo al suelo y se acuesta encima del escudo y dice llorando:

—Mi señor Lanzarote, buen hermano, nunca me volveréis a ver; hoy terminará la compañía vuestra y mía. Grande fue el pecado de mi señora la reina cuando os expulsó de la corte, pues por buscaros morirán muchos hombres valientes y yo mismo voy a morir, aunque os deseaba ver más que nadie y encontraros antes que los demás. No debe extrañar, pues yo era el más cercano a vos.

Mientras hablaban así, mira Héctor a Perceval que había perdido tanta sangre que no podía mantenerse en pie. Cuando iba a ayudarle, no puede, pues no tiene fuerza para levantarse; y no lo siente menos que el mismo Perceval.

Perceval, después de estar un buen rato en el suelo, levanta la cabeza y se quita el yelmo, despedazado como lo tenía, y se aligera de las armas; luego, le pregunta a Héctor cómo está.


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